Hoy sufrí uno de los problemas de la adultez, una llamarada ácida recorrió mi esófago hasta la garganta. Una llamarada fuerte. Entonces pienso ¿Qué es esto? ¿Ahora tengo acidez? Pienso que mi papá tiene acidez, y que perfectamente yo podría tenerla también.
Ahora empiezo a sufrir los problemas de la adultez. A los 26. Porque nunca había tenido acidez.
Desde el año pasado que sufro contracturas grandes también, que me hacen reventar la cabeza.
Antes no me pasaba esto.
También pienso que me está costando dormir de noche, que me parece que estoy estresada. Últimamente pienso, cuando estoy así desvelada en la cama, en cuando era chica, me acostaba y me dormía, sin más. Ahora no puedo dejar de pensar cosas. Trato de no pensar en nada, como cuando era chica. Me acuerdo que para dormirme cuando era chica pensaba en que estaba recostada en un manto de flores, o que era un perro en un cementerio de aviones, que cuidaba los restos mientras descansaba, y también pensaba en las patoaventuras. Todo esto porque tenía tres juegos de sábanas: una de flores, una de avioncitos y otra que decía patoaventuras y era el pato donald vestido de indiana jones tirándose a lo tarzán de una liana verde. En casa de mi papá tenía una sábana con arabescos azules, así que lo que pensaba era que era una gran nube viajando por el cielo, que era la parte viva de las nubes, si es que las nubes están vivas. Ahora pienso en trabajos que tengo que hacer, pienso en el amor, en lo que es el amor, y esas pavadas. Pienso en las obras que hago y en las que hice, en las conversaciones que tuve, en lo que quiero y lo que tengo. En fin, un asunto terrible dormirme.
Me gustaría recuperar un poco ese estado de cuando era adolescente o niña, pero por otro lado pienso que bueno, que el tiempo pasa, y que el cuerpo me está respondiendo diferente. Porque mi cabeza es también una parte del cuerpo, y está funcionando diferente. Supongo que el tiempo pasará y poco a poco el cuerpo me irá doliendo más, sufrirá colapsos, hasta que en algún momento, el cuerpo diga "ya no más" y me desvanezca. Supongo que es lo que nos pasa a todos. Si así tiene que hacer, pienso "bueno, será cuestión de pasar la experiencia esta del tiempo en el cuerpo, y ya".
Pero me llama la atención, esto que me pasa en el cuerpo. Y pienso "es la adultez. La maldita adultez que me ha llegado.
¡A celebrar esta maldita adultez!
Sol
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lunes, 31 de mayo de 2010
Maldita adultez.
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il corpo qui parla
jueves, 28 de mayo de 2009
Mónica Núñez Cortés.
Poco y nada sé de Mónica Núñez Cortés. Sé que mi mamá ensayaba una obra con ella en su momento, y que por alguna razón yo me quedaba largo tiempo en su casa. Yo tenía el recuerdo de que mi mamá me dejaba allí y se iba, pero ella me dijo que de hecho, ensayaban en casa de Mónica, y por eso yo me quedaba con la hija en algún salón o habitación de la casa, esperando a que terminen.
En su momento, me encandilaba un enorme piano de cola que había en el living (o lo que yo creía era el living). Era una casa muy grande, y la mía muy chica, una de las razones por las cuales nunca pude tener un piano, además de la cuestión económica, que merodeaba siempre como una sombra por la casa de Bulnes luego de la separación de mis padres. A mis padres les costó bastante reconstruirse económicamente luego del divorcio. La realidad es que yo siempre quise tener un piano, y cada vez que veía uno en la casa de alguien, sentía a mi corazón conmoverse hasta el infinito. Solía mirarlo de reojo todo el tiempo, estaba fascinada por el instrumento, que se me hacía intocable, primero porque todos los dueños de los piano son celosos de él, y segundo, porque no creía poder sacarle ningún sonido bueno, ni mucho menos.
Así que Mónica Núñez Cortés tenía un enorme piano en su casa. La hija me parecía, francamente, la muchacha más suertuda del mundo, con ese pianote en su casa. En realidad, se me hace que era un piano de cola, pero por ahí no lo era. Por ahí era un piano común y corriente. Ya bastante tuerzo las cosas que me acuerdo, así que pueden imaginarse lo que hago con las que no recuerdo tan bien.
También recuerdo que ella tenía computadora en su pieza, o no se si era su pieza, por lo menos era la pieza en la que nos dejaban. Y me mostró un juego magnífico: el Carmen San Diego. No podía parar de jugarlo. En el recuerdo se me figura, me parece, que mi presencia fastidiaba bastante a la hija de Mónica. No se si era más grande que yo, o qué pasaba, pero la recuerdo ligeramente malhumorada conmigo. Probablemente, mi fascinación con la casa a ella se le hacía pesada, ya que ella no veía nada de extraordinario en lo que tenía y había tenido desde siempre. No es que fuera mucho, pero para mí lo era. Ese piano, ya era el mundo entero para mí.
También sabía que era la hermana del Leluthier del mismo apellido, un hombre simpatiquísimo, siempre me gustaron y me gustarán los Les Luthiers.
Y nada más. Que era amiga de mi mamá. Que era actriz, y que era afortunada. Y también me acordaba de su nombre, lo tenía fijado en mi mente, vaya a saber por qué extraña razón.
Hoy abro un mail que el Celcit suele mandar cada día por medio a todos los integrantes del grupo yahoo. Resulta que hace años que no abro uno de esos mails. No los abro, nunca. Los dejé de leer al mes que me los empezaron a mandar. Pero a este lo abro, sin ninguna explicación posible. En el mail dice:
De Ernesto Michel (Buenos Aires, Argentina): Nuestro adiós a Mónica Nuñez Cortés
¿POR QUE SE MUEREN LOS BUENOS ? SI HAY TANTOS HIJOS DE PUTA
ADIOS MONICA NUÑEZ CORTES
Y no lo puedo creer. No puedo creer que abro un mail que nunca abro, nunca en la vida lo abro, y cuando lo abro me encuentro con este mensaje. Y me acuerdo de su nombre. Y de su casa. Y de su hija. Y del hermano Le Luthier. Y recuerdo que en un momento, mi mamá ensayaba obras de teatro, y recuerdo cuánta pasión tenía yo por los pianos, siendo tan pequeña. Y me entristezco. Me entristezco hasta lo indecible. Porque yo conocí a esa mujer. Porque me caía bien. Porque estuve en su casa, y ahora está muerta. Y no era mayor que mi mamá, creo. Y pienso en su hija. Qué será de su hija. Busco en internet. En La Nación, dice que falleció de una larga enfermedad. Leo los artículos. Es una actriz muerta. Y yo soy actriz también.
En la página de cinenacional, dice la fecha de muerte: 21 de mayo de 2009. El jueves pasado. Y me pregunto si a mí me pasará lo mismo, toda una vida, y luego figurar como nació un... de 1983 y murió el... de... y ser eso. Ser un ente entre dos fechas del calendario occidental. Ser un principio y un final, en una página de internet. Y las coincidencias. Morir el mismo día que murió tal y tal (en la página lo dice). Morir el mismo día que nació tal y tal. Y la vida se hace pequeña entre esas dos fechas, como una delgada línea de cobre.
Y no puedo evitar la identificación, porque es una actriz, como yo. Yo me hice actriz, y entonces la veo a ella como un antecedente, yo la conocí antes de saber que mi destino estaba en el escenario, y ahora ella está muerta, y en algún momento (quizá pronto, quizá no) yo lo esté también. Yo elegí la profesión de esa mujer, de esa mujer que aparece ahora entre los mensajes del Celcit.
Conocí durante mi infancia a algunas mujeres actrices, a los cuales les seguiría los pasos, sin darme cuenta. Mi profesora de música de la primaria, María Nidia, era actriz de telenovelas (y sigue siéndolo) y yo no lo sabía. Me la encontré hace poco, y charlábamos de nuestros proyectos, y compendí que de pronto eramos colegas, que yo era colega de mi profesora de música del primario. Y un hilo fuertísimo me une a estas mujeres actrices, estos primeros atisbos de actrices en mi vida, de los que bebí inconscientemente.
Así que Mónica: Estás perpetrada en mi recuerdo. Efímero, sí, durará lo que dure mi vida, e inexacto, por supuesto, porque no fui a tu casa más de tres o cuatro veces, y era muy chica. Pero has trazado una senda, que otras continuaremos, porque somos colegas y la profesión nos une.
Estabas tan nítida en mi recuerdo, y no me había dado cuenta de ello. Te recuerdo delgada y enrulada y muy alegre. Por ahí fuiste así, por ahí no. Por ahí no te imaginabas que esa nena tímida, hija de tu amiga y compañera de ensayo, seguiría tus pasos, con una convicción imperturbable.
Así como los antepasados, nosotras, las vivientes, llevamos tu antorcha, y la de todas las actrices muertas que han vivido y sobrevivido para que hoy nosotras sigamos viviendo y sobreviviendo.
La casualidad ha querido que me entere de tu muerte. El azar, el destino, ha querido que yo abra ese mail, no puedo evitar pensar que es un mensaje del cielo, de los Dioses, de quien sea, y que me llama a la reflexión, y que me recuerda una vez más que luego no quedará mucho de mí, una lápida, o ni siquiera eso, y algunos cuantos textos que no dirán ni un 10% de lo que fue mi vida. Fósiles arqueológicos de mi paso por este mundo, una pobre reconstrucción de algo que inevitablemente será olvidado.
Debe ser difícil dejarse ir, Mónica. Bien por ti.
Un sincero adiós, y te deseo fuertemente, intensamente, que en paz descanses.
La hija de Ana.
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sábado, 25 de abril de 2009
Ojos.
De vez en cuando vuelvo a pensar en mi abuela Catalina. Catalina es un nombre hermoso. En mi casa paterna, hay una foto de ella, con esos ojos que son mis ojos casi, genes dominantes que se esparcieron por toda la familia. Los ojos de mi abuela Catalina están llenos de fuerza, pienso, me transmiten fuerza, confianza, no hay ningún recelo, parecen decirme "sí" a todo.
El 29 de noviembre pasado nación Panchito, mi hermano. Tiene por supuesto, la misma fatalidad de ojos. Los ojos de mi hermano, que son los ojos de mi papá, pero que volvieron a nacer, me miran inexplicables desde los brazos de su madre. Panchito agita sus piernas y sus brazos para todos lados. Tiene una fuerza enorme, me da la sensación de que apenas pueda caminar saldrá corriendo, a tomar el mundo con las dos manos.
El día que nací, me contó mamá, yo levantaba mi cuerpecito con las manos, boca abajo, para apoyar la cabeza del otro lado. Algo de esa fuerza tiene Panchito. Mi papá es fuerte, directo, las cosas que quiso las tiene. Me hace bien pensar que mis padres se las saben arreglar. Es como si su perseverancia me diera confianza.
Mi mamá también es fuerte. Cuerpo de rusa (50 por ciento). Tenemos la misma caja torácica.
A veces me impresiona pensar que detrás de mi, hay una cadena interminable de mujeres, que viene desde quién sabrá dónde. Hombres y mujeres que sostienen mi existencia. Cuya fuerza de vivir me ha sido heredada, el querer seguir adelante, el trascender, el reproducirse hacia el infinito. Porque ya estar vivo no es poco. Mucha gente antes de mí, se mantuvo bien viva, para que yo ahora esté acá. Y así me mantengo yo acá, viva, en honor a ellos.
El 7 de enero pasado falleció mi abuela Mery. Me impresionó verla, la luz del mediodía entraba en la habitación. Estaba morada, desvanecida, llena de moretones, o aglomeraciones de sangre, quien sabe. No estaba maquillada ni nada. estaba así, muerta. No pude tocarla. A diferencia de otras veces, tenía la sensación de que me mordería si yo me acercaba. A las enfermeras las golpeaba. Y para subirla a la cama había que agarrarla entre tres. Y estaba delgada, delgadísima, y con esos huesos que son mis huesos, (son iguales) duros durísimos, golpeando, haciendo daño. "¡Y cómo rasguñaba!" contaba su compañera de cuarto, y no parecía que hablaba de una mujer de 95 años, hablaba como de un tigre.
Mi abuela fue siempre gorda, pero se murió delgada. Y no pude tocarla, porque su cuello, y su clavícula allí en la cama, eran idénticos a mi cuello y mis clavículas, y a los de mi mamá. Nunca la había visto delgada, y no sabía cuánto nos parecíamos físicamente. Y verla así, reventada de vida, violeta y roja, me remitía a un posible final mío.
Porque tenemos un cuerpo fuerte de mujeres que viven mucho, y eso no siempre es bueno. No si ya no se puede caminar, o te agarra la senilidad inminente. Seguir transcurriendo en el tiempo como quien mira por la ventana.
A veces pienso que de vieja voy a volverme loca. No por decisión propia, una enfermedad, o algo. Un alzeimer galopante, una esclerosis. Enfermedades del siglo XX, post-penicilina.
Bueno, qué post deprimente. ¿Será que hoy tuvimos 10 personas solamente en body Art y me vine con ese peso?
Pero me da esperanza saber que los ojos de mi abuela Catalina se mantuvieron ardientes hasta último momento. Las penas y los malos ratos no pudieron quitarle su sentido del humor.
El sentido del humor me ha salvado me ha salvado muchas veces de muchas cosas. Algo muy adentro mío, me protege, como una pequeña luz blanca, blanquísima, que siempre sabe que a pesar de todos los inviernos del mundo, siempre hay esperando, latente y demoníaca, un primavera.
El 29 de noviembre pasado nación Panchito, mi hermano. Tiene por supuesto, la misma fatalidad de ojos. Los ojos de mi hermano, que son los ojos de mi papá, pero que volvieron a nacer, me miran inexplicables desde los brazos de su madre. Panchito agita sus piernas y sus brazos para todos lados. Tiene una fuerza enorme, me da la sensación de que apenas pueda caminar saldrá corriendo, a tomar el mundo con las dos manos.
El día que nací, me contó mamá, yo levantaba mi cuerpecito con las manos, boca abajo, para apoyar la cabeza del otro lado. Algo de esa fuerza tiene Panchito. Mi papá es fuerte, directo, las cosas que quiso las tiene. Me hace bien pensar que mis padres se las saben arreglar. Es como si su perseverancia me diera confianza.
Mi mamá también es fuerte. Cuerpo de rusa (50 por ciento). Tenemos la misma caja torácica.
A veces me impresiona pensar que detrás de mi, hay una cadena interminable de mujeres, que viene desde quién sabrá dónde. Hombres y mujeres que sostienen mi existencia. Cuya fuerza de vivir me ha sido heredada, el querer seguir adelante, el trascender, el reproducirse hacia el infinito. Porque ya estar vivo no es poco. Mucha gente antes de mí, se mantuvo bien viva, para que yo ahora esté acá. Y así me mantengo yo acá, viva, en honor a ellos.
El 7 de enero pasado falleció mi abuela Mery. Me impresionó verla, la luz del mediodía entraba en la habitación. Estaba morada, desvanecida, llena de moretones, o aglomeraciones de sangre, quien sabe. No estaba maquillada ni nada. estaba así, muerta. No pude tocarla. A diferencia de otras veces, tenía la sensación de que me mordería si yo me acercaba. A las enfermeras las golpeaba. Y para subirla a la cama había que agarrarla entre tres. Y estaba delgada, delgadísima, y con esos huesos que son mis huesos, (son iguales) duros durísimos, golpeando, haciendo daño. "¡Y cómo rasguñaba!" contaba su compañera de cuarto, y no parecía que hablaba de una mujer de 95 años, hablaba como de un tigre.
Mi abuela fue siempre gorda, pero se murió delgada. Y no pude tocarla, porque su cuello, y su clavícula allí en la cama, eran idénticos a mi cuello y mis clavículas, y a los de mi mamá. Nunca la había visto delgada, y no sabía cuánto nos parecíamos físicamente. Y verla así, reventada de vida, violeta y roja, me remitía a un posible final mío.
Porque tenemos un cuerpo fuerte de mujeres que viven mucho, y eso no siempre es bueno. No si ya no se puede caminar, o te agarra la senilidad inminente. Seguir transcurriendo en el tiempo como quien mira por la ventana.
A veces pienso que de vieja voy a volverme loca. No por decisión propia, una enfermedad, o algo. Un alzeimer galopante, una esclerosis. Enfermedades del siglo XX, post-penicilina.
Bueno, qué post deprimente. ¿Será que hoy tuvimos 10 personas solamente en body Art y me vine con ese peso?
Pero me da esperanza saber que los ojos de mi abuela Catalina se mantuvieron ardientes hasta último momento. Las penas y los malos ratos no pudieron quitarle su sentido del humor.
El sentido del humor me ha salvado me ha salvado muchas veces de muchas cosas. Algo muy adentro mío, me protege, como una pequeña luz blanca, blanquísima, que siempre sabe que a pesar de todos los inviernos del mundo, siempre hay esperando, latente y demoníaca, un primavera.
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jueves, 18 de diciembre de 2008
Piano, pianíssimo
Con lo que yo quiero un piano, y acabo de ver una publicidad en donde tiran uno entero al agua.
¿Ya es tarde para aprender a tocar? ¿Con quién estudiar? Oh, ¿quien podrá ayudarme? ¡Quiero tocar el piano! ¡Quiero tocar el piano!
Ya desde chica quería aprender, desde muy chica, y mi casa era, justamente, muy chica y un piano no entraba. Además, no teníamos plata. Y ahora ya es tarde. No podría dedicarme como quisiera, tengo muchas otras cosas que hacer. Además, me pregunto si ahora que ya tengo 25 no voy a aprender nunca tocarlo bien. ¿Es cierto que si no lo aprendés de chiquito no lo aprendés nunca?
Y siento que tengo que tocarlo. Por algo. Siento que tocar el piano me va a acercar a algo, algo bueno para mi vida y para mi profesión. Como si supiera que en la música hay muchas respuestas a ciertas cuestiones teatrales -o no se si respuestas, pero se ven más claramente los problemas con el ritmo, con el devenir temporal.
Pero ni siquiera tengo uno. Y si lo tuviera, no sabría por dónde empezar.
Y después seguramente tendré hijos y los mandaré a estudiar piano, porque yo no pude hacerlo en mi infancia (y ellos, por supuesto, lo van a odiar).
Maldito hado.

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domingo, 28 de septiembre de 2008
Luciana D.
En la primaria tenía una compañera llamada Luciana D. Ella era un poco extraña, algunos decían que era tonta, o que era lenta, pero yo no se. Quizá sólo era que tenía la abeza en otra cosa. No la tratábamos bien.
Yo solía sentarme ocasionalmente al lado de ella. Su lentitud me exasperaba bastante, por lo general era agresiva con ella, le gritaba al intentar explicarle algo, algo en ella me enervaba, me sacaba de quicio, como si viera en ella algo muy mío que no quería reconocer. Pero por otro lado no podía alejarme. De alguna manera estaba vinculada a ella, ella me molestaba sólo por estar cerca, y a la vez no podía evitar hablarle, tratar de activarla, de sacudirla, hacerla funcionar.
Luego se fue del colegio. Creo que para quinto grado ya no estaba. Y me la crucé, un par de años después, y le habían crecido mucho las tetas. Me acuerdo haberme alegrado mucho por ella. Estaba linda, fuerte, había crecido.
Y aún hoy lamento haberla tratado mal, y eso de que dentro de todo, yo no era de las que la trataba mal, yo por lo menos le hablaba.
Realmente no se qué le pasaba. Mirándolo desde ahora, por ahí problemas familiares, problemas domésticos, esas cosas.
Ahora debe estar hecha toda una hembra, Luciana D. Bien por ella.
Yo solía sentarme ocasionalmente al lado de ella. Su lentitud me exasperaba bastante, por lo general era agresiva con ella, le gritaba al intentar explicarle algo, algo en ella me enervaba, me sacaba de quicio, como si viera en ella algo muy mío que no quería reconocer. Pero por otro lado no podía alejarme. De alguna manera estaba vinculada a ella, ella me molestaba sólo por estar cerca, y a la vez no podía evitar hablarle, tratar de activarla, de sacudirla, hacerla funcionar.
Luego se fue del colegio. Creo que para quinto grado ya no estaba. Y me la crucé, un par de años después, y le habían crecido mucho las tetas. Me acuerdo haberme alegrado mucho por ella. Estaba linda, fuerte, había crecido.
Y aún hoy lamento haberla tratado mal, y eso de que dentro de todo, yo no era de las que la trataba mal, yo por lo menos le hablaba.
Realmente no se qué le pasaba. Mirándolo desde ahora, por ahí problemas familiares, problemas domésticos, esas cosas.
Ahora debe estar hecha toda una hembra, Luciana D. Bien por ella.
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Pordiosera de mí
jueves, 22 de mayo de 2008
Catalina.
Hoy, 22 de mayo, mi abuela Catalina Murrone cumpliría 81 años. En cambio, se murió a los 74 en el año 2002. El 17 de septiembre de este año se cumplirán 6 año de su muerte. Un fallecimiento pre-primaveral. Era un martes.
En el velorio comimos un montón. La pasé muy bien con mi tío y con una prima, Karina, charlando a la noche y fumando como loca (porque en ese momento yo fumaba). Cuando mi abuela estaba viva, solíamos tomar Bailey's a la noche ella, mi tío y yo, charloteando. De mis dos abuelas, yo la quería más a ella. Tenía sus cositas, pero la otra (que aún vive) era peor. En efecto, la mamá de mi mamá, María Malinowska, está del tomate, siempre lo estuvo y lo estará. Cuando los del geriátrico diagnostican "demencia senil" mi mamá suele decir "siempre fue demente, lo que pasa es que ahora está vieja". Malinowska tiene, a la fecha, 94 años, y va por más, con su andador y su cuerpo de rusa fuerte. Se cae siempre y nunca, nunca se hace nada.
Murrone, la mamá de mi papá, en cambio, murió en la plenitud de su tercera edad. De un paro cardíaco. Seco. Instantáneo. En una ambulancia.
Tenía la cara helada, empedrecida. Tocarla era como tocar algo imposible. Un pedazo de naturaleza muerta.
El día de su velorio y cremación, me senté a escribir en el jardincito del cementerio privado (a mi papá le gusta así, al estilo bon vivant) un texto que aún me gusta releer de vez en cuando. Lo transcribo aquí tal cual lo escribí allí sentada, a pesar de que yo ahora modificaría algunas cosas, prefiero dejarlo así, impoluto. Mi escritura a los 18 años.
Ya nadie podrá hablar con Catalina. Me la imagino en plena muerte, viéndose a sí misma desde arriba, diciendo “Pucha, me muero” y luego acompañándose de un lado al otro, hasta el crematorio.
Se debe haber puesto nerviosa, supongo. ¿Cómo habrá hecho la muerte para poder llevársela? Daría la impresión de que no falleció, sino que la vida la asesinó, la tironeó hasta vencerla, porque no la veía con ganas de morirse. Lo bueno es que ella fue igual de principio a fin, ninguna enfermedad la consumió, tomó la decisión en un instante tal vez, hay quienes lo meditan mucho, pero ella dijo simplemente “Me voy” Aprovechó que estaba el tío en Buenos Aires, y el asado familiar del domingo para despedirse.
Ya no cumplirá más años. Su edad se detuvo a los setenta y pico. Ya no podrá ver la primavera que se viene, una lástima. Y ya no podré comer su arroz con manteca, ni sus papas fritas, ni la pizza cocinada en el horno del fondo. Ya nadie baldeará el patio, ni me hará ese mate en vasito de vidrio, ni me curará el mal de ojo, ya nadie irá a misa, ni me llevará a ver qué es ir a la iglesia un domingo. Para mí, el padre nuestro murió con ella, y eso que ni lo sé bien todavía (en realidad nunca me interesó aprenderlo)
Ya no habrá a quien visitar en Avellaneda, nadie cerrará las ventanas que dan al porche.
Lo que me duele es que ya no puedo hablar con ella, ella hablaba tanto... y sonreía, y se agachaba, y limpiaba e iba de un lugar a otro... no como en el cajón. Le sellaron los labios, le pintaron los ojos, la vistieron de blanco. Le hubieran quedado mejor unos pantalones. Esa no era mi abuela, era un símbolo de ella, algo demasiado lineal. Se le fueron los matices, se perdió el claroscuro. En su cara no había nada de ella ¿Por qué la vistieron hasta el cuello? Pareciera que quieren ahogarla, frenarla, reprimirla. Por suerte, pensé, ya no estaba allí toda cubierta de tela. Es increíble, visten a los muertos como recién nacidos. Murió en movimiento, en la ambulancia.
Mi abuela es del aire, es del vapor de la olla que hierve. Le hubiera quedado mejor un delantal de cocina, y una bombacha con trapito para, según ella, mantener mejor la higiene.
Mi abuela guardaba todo. Todo era nuevo para ella mientras no se use, aunque pasasen cincuenta años. Tiene botellas de perfume en el baño nunca abiertas y ya rancias, nuevas eran cuando se había casado. Y pasó toda la vida en esa casa, sacándole pasto al fondo. Desde los veintitrés o veinticuatro años hasta los setenta y cinco. Y esas botellas de perfume ya cumplieron su medio siglo.
Mi abuela se fue de repente, sin ninguna enfermedad, sin colesterol ni problemas de presión, sin llagas en el corazón. Un día (ayer) se paró, y de a poco su energía se disolvió. Al morirse debe haber abierto la boca, para hablar.
Dormíamos juntas, hace unos años, cuando me venía a cuidar. Y charlábamos mucho, hasta la madrugada, en el piso dieciocho. De joven, me contaba, cantaba tangos mientras limpiaba la cocina, mientras hacía las camas. Creo que en algún lugar la tengo grabada. De más grande, cuando yo rondaba los dieciséis o diecisiete años, me confesó que nunca tuvo un orgasmo. Me pregunto si lo habrá conseguido en este último tiempo.
No tomaba mucho agua, tomaba mate, decía.
Me la imaginé parada al lado del cajón, entre las flores de la funeraria, mirándonos y riéndose suavemente como solía hacerlo. Y en el medio del ritual, mientras le susurraba unos tangos, me reí con ella, no lo pude evitar, sentí su paz en el aire y me alegré de que no la hayan atado a seguir viviendo, los que quisieron retenerla, no pudieron, ella siempre fue una mujer veloz. Entonces aflojé mi pecho, y la dejé ir.
Ya nadie podrá hablar con Catalina, era la época de los alcauciles y ella se entregó.
En el velorio comimos un montón. La pasé muy bien con mi tío y con una prima, Karina, charlando a la noche y fumando como loca (porque en ese momento yo fumaba). Cuando mi abuela estaba viva, solíamos tomar Bailey's a la noche ella, mi tío y yo, charloteando. De mis dos abuelas, yo la quería más a ella. Tenía sus cositas, pero la otra (que aún vive) era peor. En efecto, la mamá de mi mamá, María Malinowska, está del tomate, siempre lo estuvo y lo estará. Cuando los del geriátrico diagnostican "demencia senil" mi mamá suele decir "siempre fue demente, lo que pasa es que ahora está vieja". Malinowska tiene, a la fecha, 94 años, y va por más, con su andador y su cuerpo de rusa fuerte. Se cae siempre y nunca, nunca se hace nada.
Murrone, la mamá de mi papá, en cambio, murió en la plenitud de su tercera edad. De un paro cardíaco. Seco. Instantáneo. En una ambulancia.
Tenía la cara helada, empedrecida. Tocarla era como tocar algo imposible. Un pedazo de naturaleza muerta.
El día de su velorio y cremación, me senté a escribir en el jardincito del cementerio privado (a mi papá le gusta así, al estilo bon vivant) un texto que aún me gusta releer de vez en cuando. Lo transcribo aquí tal cual lo escribí allí sentada, a pesar de que yo ahora modificaría algunas cosas, prefiero dejarlo así, impoluto. Mi escritura a los 18 años.
Ya nadie podrá hablar con Catalina. Me la imagino en plena muerte, viéndose a sí misma desde arriba, diciendo “Pucha, me muero” y luego acompañándose de un lado al otro, hasta el crematorio.
Se debe haber puesto nerviosa, supongo. ¿Cómo habrá hecho la muerte para poder llevársela? Daría la impresión de que no falleció, sino que la vida la asesinó, la tironeó hasta vencerla, porque no la veía con ganas de morirse. Lo bueno es que ella fue igual de principio a fin, ninguna enfermedad la consumió, tomó la decisión en un instante tal vez, hay quienes lo meditan mucho, pero ella dijo simplemente “Me voy” Aprovechó que estaba el tío en Buenos Aires, y el asado familiar del domingo para despedirse.
Ya no cumplirá más años. Su edad se detuvo a los setenta y pico. Ya no podrá ver la primavera que se viene, una lástima. Y ya no podré comer su arroz con manteca, ni sus papas fritas, ni la pizza cocinada en el horno del fondo. Ya nadie baldeará el patio, ni me hará ese mate en vasito de vidrio, ni me curará el mal de ojo, ya nadie irá a misa, ni me llevará a ver qué es ir a la iglesia un domingo. Para mí, el padre nuestro murió con ella, y eso que ni lo sé bien todavía (en realidad nunca me interesó aprenderlo)
Ya no habrá a quien visitar en Avellaneda, nadie cerrará las ventanas que dan al porche.
Lo que me duele es que ya no puedo hablar con ella, ella hablaba tanto... y sonreía, y se agachaba, y limpiaba e iba de un lugar a otro... no como en el cajón. Le sellaron los labios, le pintaron los ojos, la vistieron de blanco. Le hubieran quedado mejor unos pantalones. Esa no era mi abuela, era un símbolo de ella, algo demasiado lineal. Se le fueron los matices, se perdió el claroscuro. En su cara no había nada de ella ¿Por qué la vistieron hasta el cuello? Pareciera que quieren ahogarla, frenarla, reprimirla. Por suerte, pensé, ya no estaba allí toda cubierta de tela. Es increíble, visten a los muertos como recién nacidos. Murió en movimiento, en la ambulancia.
Mi abuela es del aire, es del vapor de la olla que hierve. Le hubiera quedado mejor un delantal de cocina, y una bombacha con trapito para, según ella, mantener mejor la higiene.
Mi abuela guardaba todo. Todo era nuevo para ella mientras no se use, aunque pasasen cincuenta años. Tiene botellas de perfume en el baño nunca abiertas y ya rancias, nuevas eran cuando se había casado. Y pasó toda la vida en esa casa, sacándole pasto al fondo. Desde los veintitrés o veinticuatro años hasta los setenta y cinco. Y esas botellas de perfume ya cumplieron su medio siglo.
Mi abuela se fue de repente, sin ninguna enfermedad, sin colesterol ni problemas de presión, sin llagas en el corazón. Un día (ayer) se paró, y de a poco su energía se disolvió. Al morirse debe haber abierto la boca, para hablar.
Dormíamos juntas, hace unos años, cuando me venía a cuidar. Y charlábamos mucho, hasta la madrugada, en el piso dieciocho. De joven, me contaba, cantaba tangos mientras limpiaba la cocina, mientras hacía las camas. Creo que en algún lugar la tengo grabada. De más grande, cuando yo rondaba los dieciséis o diecisiete años, me confesó que nunca tuvo un orgasmo. Me pregunto si lo habrá conseguido en este último tiempo.
No tomaba mucho agua, tomaba mate, decía.
Me la imaginé parada al lado del cajón, entre las flores de la funeraria, mirándonos y riéndose suavemente como solía hacerlo. Y en el medio del ritual, mientras le susurraba unos tangos, me reí con ella, no lo pude evitar, sentí su paz en el aire y me alegré de que no la hayan atado a seguir viviendo, los que quisieron retenerla, no pudieron, ella siempre fue una mujer veloz. Entonces aflojé mi pecho, y la dejé ir.
Ya nadie podrá hablar con Catalina, era la época de los alcauciles y ella se entregó.
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viernes, 25 de abril de 2008
Una mudanza.
En junio me mudo por primera vez y estoy un poco triste. No, no me voy a vivir sola, madre se muda a una casa más grande y yo me mudo con ella, en consecuencia. Eso hasta que yo pueda encontrar mi lugar, pero para es tendría que tener una entrada de dinero estable... Así que me mudo. Va a ser feo, me parece, irse y no volver. La sola idea de no volver nunca más a esta casa, donde vivo desde que nací, y donde crecí y donde hice mitosis y metamorfosis, me pone mal. Salir por la puerta y nunca volver a entrar. Tampoco es que es una casa re linda ni nada, no es ni frente ni contra frente, es algo intermedio, pero que se yo, es mi casa desde siempre... hoy le dije a mamá: "Y... pero mejor irse, porque sino la casa nos va a atrapar y ya no vamos a poder salir" como le pasó a mi abuela Lina, que vivió desde los 24 años en una casa de avellaneda, y cuando se quiso mudar, como 40 o 50 años después, le agarró tanta nostalgia que tuvimos que cancelar el boleto (que ya estaba firmado) y se quedó ahí hasta que se murió. Y después el fardo le quedó a mi papá y sus hermanos, que también estaban los tres (mi papá, mi tía y mi tío) re tristes porque tenían que vender la casa en donde nacieron y crecieron, y ya estaban los tres re grandes, y la tuvieron a la casa ahí vacía un montón de tiempo, enrejada con un sistema especial de seguridad para que no entre nadie a vivir de colado, y nos íbamos los fines de semana con papá a la casa de mi abuela en avellaneda a tomar mate, y estábamos ahí toda la tarde, re tristes, pensando en la abuela, en la casa, en todo lo que se corroe... A lo mejor es mejor mudarse siempre, de algún modo ¿no? para que no te agarre esto que me agarra a mí ahora.
Voy a extrañar mucho a mi casa.
...
Voy a extrañar mucho a mi casa.
...
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domingo, 16 de marzo de 2008
Sueño típico de actriz.
Soñé que Rubén Szuchmacher me convocaba para hacer un reemplazo en el teatro San Martín del personaje principal de “La Hija del Aire”, una obra larguísima de Calderón de la Barca un día que la actriz que lo hacía no podía pero me avisaban en el momento. Así que mientras me ponían el vestuario y me maquillaban los del teatro San Martín, yo les trataba de explicar que se me hacía difícil hacerlo porque:
1. No sabía la letra.
2. Lamentablemente no vi la obra antes (igual en la realidad Rubén nunca hizo el montaje de este texto) a lo que seguían reproche de “¿no la viste?” y miradas de “qué mal” o “deberías haberla visto”.
3. Tampoco la leí nunca (la debería haber leído hace tiempo para Historia del Teatro Universal IV, pero nunca lo hice) así que ni siquiera la podía improvisar ya que no tenía idea de las situaciones.
4. Sabía que la obra se basaba en un mito griego (lo cual no es cierto, pero en el sueño era así) pero no sabía que había sido cambiado y que no con fines dramáticos, y además, no sabía qué parte del mito abarcaba, ya que los mitos son larguísimos.
Así que no dejaba de mirar la hora y contarle lo tremendo de mi situación a la gente, que me miraba con indiferencia, o traban de ayudarme vanamente, confundiéndose al explicarme de qué se trataba la obra, o haciéndome leer partes que no correspondían.
Así que Rubén venía y me daba el texto (que era un librito muy finito) y además del personaje principal, tenía que hacer de soldado al principio. Yo le decía si podía no hacer eso, pero el me miraba con cara de “y... sería mejor que hagas todo…”.
Así que finalmente era la hora de empezar, y yo estaba ojeando el librito detrás de una tela negra colgada que nos separaba del público (porque al final era el teatro San Martín, pero la gente se sentaba en una escalerita de mármol de dos escalones –era como un lugar intermedio del san martín, no era la sala- yo pensaba “ah, claro, obra moderna en espacio no destinado a lo teatral específicamente”) al final era como un “work in progress” pero la única que no se sabía su parte era yo. Y así finalmente empiezo a leer el texto directamente, pero me trabo, me equivoco, me confundo, leo mal, porque no tengo los anteojos y no veo bien, mis compañeros me miran con vergüenza ajena, siento que la escena se cae, se cae, se cae, hasta que una mina del público se levanta y dice “Bueno, ¿la cortamos acá?” y todos se levantan y empiezan a charlar. Ni siquiera habíamos pasado de la primera escena, en la que yo tenía un monólogo larguísimo.
Qué papelón.Me sentí tan contenta, cuando me desperté, de que fuera un sueño…
1. No sabía la letra.
2. Lamentablemente no vi la obra antes (igual en la realidad Rubén nunca hizo el montaje de este texto) a lo que seguían reproche de “¿no la viste?” y miradas de “qué mal” o “deberías haberla visto”.
3. Tampoco la leí nunca (la debería haber leído hace tiempo para Historia del Teatro Universal IV, pero nunca lo hice) así que ni siquiera la podía improvisar ya que no tenía idea de las situaciones.
4. Sabía que la obra se basaba en un mito griego (lo cual no es cierto, pero en el sueño era así) pero no sabía que había sido cambiado y que no con fines dramáticos, y además, no sabía qué parte del mito abarcaba, ya que los mitos son larguísimos.
Así que no dejaba de mirar la hora y contarle lo tremendo de mi situación a la gente, que me miraba con indiferencia, o traban de ayudarme vanamente, confundiéndose al explicarme de qué se trataba la obra, o haciéndome leer partes que no correspondían.
Así que Rubén venía y me daba el texto (que era un librito muy finito) y además del personaje principal, tenía que hacer de soldado al principio. Yo le decía si podía no hacer eso, pero el me miraba con cara de “y... sería mejor que hagas todo…”.
Así que finalmente era la hora de empezar, y yo estaba ojeando el librito detrás de una tela negra colgada que nos separaba del público (porque al final era el teatro San Martín, pero la gente se sentaba en una escalerita de mármol de dos escalones –era como un lugar intermedio del san martín, no era la sala- yo pensaba “ah, claro, obra moderna en espacio no destinado a lo teatral específicamente”) al final era como un “work in progress” pero la única que no se sabía su parte era yo. Y así finalmente empiezo a leer el texto directamente, pero me trabo, me equivoco, me confundo, leo mal, porque no tengo los anteojos y no veo bien, mis compañeros me miran con vergüenza ajena, siento que la escena se cae, se cae, se cae, hasta que una mina del público se levanta y dice “Bueno, ¿la cortamos acá?” y todos se levantan y empiezan a charlar. Ni siquiera habíamos pasado de la primera escena, en la que yo tenía un monólogo larguísimo.
Qué papelón.Me sentí tan contenta, cuando me desperté, de que fuera un sueño…
(Yo a los diez años de edad, en el papel de "Reina Isabel" para el doce de octubre. Todas las nenas hacían de indias, menos yo... jajajaja. ¿No parezco una Menina? Otra que Velázquez...)
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lunes, 24 de septiembre de 2007
Un sol para los putos
Resulta que estuve mirando unas fotos viejas de mi infancia que encontré en un cajón en la casa de mi papá (si, el que tenía pinta de bolchevique y ahora votó a Macri). Entre ellas encontré la que tengo en la columna derecha de este blog, y algunas otras, de mis padres jóvenes y eso. Pero de pronto, entre las hojas de los álbunes y los cuadernos foliados de fotos, encuentro esta foto imposible:

¡¡¡Ustedes se preguntarán por qué, por qué tengo una foto con Marley abrazándome, y atrás dice "un sol para los chicos"!!!
No lo se, pero mi cara de pánico es evidente.
Pueden creer que no puedo recordar cuando fue sacada esta foto. Debo haber bloqueado el recuerdo debido al trauma que implica el hecho de tener una foto con Marley.
Marley está encallado en mi inconsciente por esa foto y en inconsciente de todos los argentinos por esos programas horrendos que conduce por la televisión.
Marley es parte de nuestro bioritmo histórico, de nuestra argentinidad sociológica.
Marley está en la pantalla mental de cualquier ciudadano standard, en el repiqueteo neuronal de cualquier hijo de vecino. El presidente de la nación sabe quién es Marley, los diputados y los senadores saben quien es Marley. Sobisch sabe quien es Marley. Cualquiera sabe quien es Marley, y aún más: saben que es gay. Mi hermana -que ahora tiene 7- teniendo 5 años sabía que Marley era gay.
Marley es como Mickey Mouse. Todo el mundo puede reconocerlo. Es un icono de nuestra cultura trash. Es nuestro "tangou argentinou" propiamente dicho.
Andáte a la concha de tu madre, Marley. Puto.
Puto, Marley puto.
goooooooooood byyyyyyyyyyye, guys. Yeah.

¡¡¡Ustedes se preguntarán por qué, por qué tengo una foto con Marley abrazándome, y atrás dice "un sol para los chicos"!!!
No lo se, pero mi cara de pánico es evidente.
Pueden creer que no puedo recordar cuando fue sacada esta foto. Debo haber bloqueado el recuerdo debido al trauma que implica el hecho de tener una foto con Marley.
Marley está encallado en mi inconsciente por esa foto y en inconsciente de todos los argentinos por esos programas horrendos que conduce por la televisión.
Marley es parte de nuestro bioritmo histórico, de nuestra argentinidad sociológica.
Marley está en la pantalla mental de cualquier ciudadano standard, en el repiqueteo neuronal de cualquier hijo de vecino. El presidente de la nación sabe quién es Marley, los diputados y los senadores saben quien es Marley. Sobisch sabe quien es Marley. Cualquiera sabe quien es Marley, y aún más: saben que es gay. Mi hermana -que ahora tiene 7- teniendo 5 años sabía que Marley era gay.
Marley es como Mickey Mouse. Todo el mundo puede reconocerlo. Es un icono de nuestra cultura trash. Es nuestro "tangou argentinou" propiamente dicho.
Andáte a la concha de tu madre, Marley. Puto.
Puto, Marley puto.
goooooooooood byyyyyyyyyyye, guys. Yeah.
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sábado, 14 de julio de 2007
Mis padres jóvenes.
Se separaron cuando yo tenía seis.
Es raro verlos juntos.
Será por eso que me llama tanto la atención la foto.
(Sin contar con el sorprendente detalle de mi papá vestido de blanco, claro- ¡chán!)
Bye, bye.
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Pordiosera de mí
miércoles, 20 de junio de 2007
Un águila guerrera audaz se eleva, alta en el cielo. (¡Chán!)
Miren qué cara de asesina serial que tengo en esta foto.

Hola amigos, ojo que en cualquier momento salto como una gata sobre ustedes, con bandera y todo. Ya saben (ya lo he dicho) que soy impredecible.

Feliz día de la bandera.

Hola amigos, ojo que en cualquier momento salto como una gata sobre ustedes, con bandera y todo. Ya saben (ya lo he dicho) que soy impredecible.

Feliz día de la bandera.
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miércoles, 6 de junio de 2007
Paradoja
Papá: ¿Ves Sol?
Sol: (pensamiento) ¿Qué papá? ¿qué pasa?
Papá: Toda esa gente que ves ahí, cuando seas grande, va a leer tu blog.

Sol: (pensamiento) Qué barbaro. Hola amigos, espérenme que ahí voy. Miren que en cualquier momento crezco, ya saben que soy impredecible,
como mi papá, que lo votó a Macri.
¿A ustedes les parece? Les juro que cuando yo era chica, él no era así. Lo juro.
Sol: (pensamiento) ¿Qué papá? ¿qué pasa?
Papá: Toda esa gente que ves ahí, cuando seas grande, va a leer tu blog.

Sol: (pensamiento) Qué barbaro. Hola amigos, espérenme que ahí voy. Miren que en cualquier momento crezco, ya saben que soy impredecible,
como mi papá, que lo votó a Macri.
¿A ustedes les parece? Les juro que cuando yo era chica, él no era así. Lo juro.
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